Sobre el Desarrollo, lo Rural y la Sostenibilidad (aunque no necesariamente en ese orden)

foto: JMJulve
foto: JMJulve

No se rían de los estereotipos. Es un error. Los estereotipos son como las meigas: que no existen, pero haberlas, haylas. Pongamos un ejemplo. ¿Cómo son los finlandeses? Está claro: los finlandeses aman la soledad, el silencio y los lagos helados en medio de inmensos bosques de abedules. Y los españoles somos animales sociales y ruidosos, de familia amplia y con una tendencia innata a la organización de comidas y cenas multitudinarias. Nada más alejado del concepto de felicidad española que el concepto de felicidad finlandesa.

Y sin embargo, finlandeses y españoles tenemos muchas cosas en común. Entre ellas, una densidad de población similar en buena parte de los dos países: 3 habitantes por kilómetro cuadrado. Quizá para un lapón tener tan bajísima densidad de población sea causa de alegría: seguro que les toca a lago por cabeza. Pero que Teruel sea la Laponia del Sur es una tragedia nacional. Y no sólo porque así no hay forma de celebrar en condiciones las fiestas del pueblo. La despoblación de la España rural debería tratarse como un asunto de Estado porque de hecho, buena parte del territorio español está, demográficamente, en estado terminal.

Tomemos Aragón como ejemplo. Con una superficie similar a la de Suiza (un 10% del territorio español es aragonés) sólo 3 de cada 100 españoles viven en Aragón. Y no sólo es un problema de baja densidad de población sino de dispersión radical: el 51% de la población aragonesa vive en Zaragoza capital, así que en el resto del territorio aragonés –recuerden, tan grande como Suiza- la densidad de población media es de 13 hab/km2. En algunas comarcas esa densidad apenas alcanza los 3 habitantes por km2: estarían más acompañados si vivieran en Laponia. Y serían más jóvenes, porque a la despoblación y a la dispersión se une la tercera pata del problema: un envejecimiento tan grave que aboca a los pueblos a su desaparición por fallecimiento de todos sus habitantes en muy pocos años.

Despoblación, dispersión y envejecimiento son una realidad cotidiana que preocupa mucho más a cualquier aragonés que si Cataluña se independiza o no. Y este panorama desolador no es patrimonio exclusivo de Aragón. Se repite en Galicia, en buena parte de Castilla y León, en amplias regiones de Castilla – La Mancha. Más de la mitad de España.

¿No les parece que estamos ante una emergencia nacional? ¿No creen que debería desarrollarse una Política de Estado para frenar este desastre que aboca a que España se convierta en un desierto poblacional en unas pocas décadas? Pero es complicado que la atención del Estado y de las instituciones europeas se centre en asuntos que raramente trascienden a los medios de comunicación, entre otras cosas porque apenas suponen un puñado de votos –o un puñado de consumidores-. Hay más personas viviendo en un bloque de pisos de Zaragoza que en muchos pueblos de la provincia.

Lo cierto es que hay dos grandes tendencias a la hora de afrontar este desafío poblacional. Por una parte, de la mano de la crisis económica, el discurso de los partidos neoliberales gira en torno al concepto de “racionalización del gasto” y “reducción de la administración y de los cargos públicos”.  En esa batería de medidas se incluyen la propuesta de agrupar los ayuntamientos de menos de 5.000 habitantes o todos los recortes a la dotación educacional, sanitaria y de dependencia de los núcleos rurales que, por su propia naturaleza, son económicamente ineficientes. La lista de medidas es inagotable e incluye también al sector de las comunicaciones, los suministros energéticos y las telecomunicaciones, que desatienden sistemáticamente al medio rural, tanto más cuanto más despoblado. Desde el punto de vista más puramente neoliberal o economicista, en una situación de crisis económica generalizada, la maximización de la eficiencia de los recursos es casi una exigencia ética. Y vivir en un pueblo puede ser muy bucólico pero no es eficiente. Así que quien quiera vivir allí, deberá hacerlo a su coste y expensas.

Existe otra gran tendencia de pensamiento que observa el problema de la despoblación como otro más de los desequilibrios de partida que debería paliar el Estado Social, junto la desigualdad de género o la desigualdad de clases. En ese marco ideológico surge el concepto de Desarrollo Rural Sostenible, aunque bajo ese nombre pueden esconderse propuestas de lo más variopinto. Desde las que vinculan el desarrollo rural a la Política Agraria Común de la Unión Europea (con todos sus devaneos y sus grandes derivas ideológicas) a las que propugnan un abandono de la vida urbana y un regreso a los usos sociales, de vida y de consumo de la vida rural tradicional.  Desde las propuestas que trabajan sobre países en vías de desarrollo –con todas sus implicaciones: desequilibrio internacional, influencia de los mercados globalizados y de las multinacionales, empoderamiento femenino…- hasta las que utilizan el DRS como argumento de marketing a incluir en la estrategia de Responsabilidad Social Corporativa de grandes multinacionales.

En países como España, las propuestas de Desarrollo Rural Sostenible pasan, a menudo, por su focalización en la agricultura y el medio ambiente, incluso a veces vistos éstos como conceptos casi antagónicos. Como si todos los habitantes de los pueblos se dedicaran a la agricultura. Y como si un agricultor no fuera un profesional de su medio (ambiente). Es habitual también la idealización de lo rural y “lo natural”, en un ejercicio de valentía que muchas veces roza la temeridad cuando no el ridículo. Seguramente porque pocas veces se consulta a los habitantes del medio rural qué entienden ellos por Desarrollo Rural Sostenible. Y así se llega a situaciones paradójicas en las que los propios habitantes de los pueblos no se reconocen ni se interesan por las propuestas, los instrumentos y los recursos aportados desde no se sabe dónde para el desarrollo de no se sabe qué.

Si se les preguntara, probablemente la respuesta que les darían sería ésta: que para que un pueblo se mantenga, se desarrolle y viva en armonía consigo mismo y con su entorno, además de dinero lo que necesita es “capital humano”. Hacen falta hombres y mujeres formadas, dinámicas, creativas y pegadas al territorio que conviertan a los pueblos en lugares deseables para vivir.  Ni más ni menos que lo que se necesita en una ciudad. El problema es que cuando se sufre de despoblación, dispersión y envejecimiento, este perfil de personas es menos habitual de lo que sería deseable. Pero son esas personas quienes tienen la llave del futuro rural. Así se entiende la trascendencia que tienen experiencias como la de la comunidad educativa de Alpartir (Zaragoza). Una escuela pionera, innovadora y transformadora que está, a su vez, transformando la convivencia de todo el pueblo. Un proyecto que marca la diferencia entre un Village cualquiera y un Smart Village. :

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