Elecciones en Canadá: la campaña sí que importa

justintrudeau 2.Tras casi 10 años de gobiernos conservadores encabezados por Stephen Harper, las elecciones en Canadá han supuesto un viraje claro hacia la socialdemocracia, tras una inesperada mayoría absoluta del Partido Liberal de Justin Trudeau. Partido natural de gobierno durante décadas, su larga travesía del desierto coincide con la hegemonía Tory de Harper, de lejos el premier con perfil más conservador en años. Una década con una reordenación en los equilibrios históricos en esta enorme federación, cuyo eje ha pivotado desde el Este, bastión de riqueza y poder político tradicional, hacia los pujantes estados del Pacífico y el Oeste, ricos en hidrocarburos y materias primas.

El contexto electoral

Harper abogó claramente por un país menos multilateral, más cercano a los Republicanos de EEUU, con sensibles rebajas impositivas y un papel mucho menos activo del Estado frente a la tradicional visión de los liberales, artífices de la universalización de la cobertura sanitaria gratuita y de una educación asequible, al menos para estándares norteamericanos.

A pesar de la crisis global en estos años, la relativa bonanza de la economía canadiense, abruptamente interrumpida ahora, se ha beneficiado de los precios de minerales e hidrocarburos, principal sector productivo. Ahora, en cambio, extraer de petróleo a partir de arenas bituminosas, auténtico ‘oro’ canadiense, es difícilmente rentable con precios/barril como los actuales. Asimismo, su salida natural hacia EEUU, el oleoducto Keystone, proyecto emblemático de Harper, es desechado ahora por Obama, casi en una venganza póstuma hacia los conservadores canadienses. Aquí, Harper ha hecho gala de una nula conciencia ambiental, con rechazo expreso a Kyoto como bandera. Como efecto colateral, la ‘petrobonanza’, ha originado una fuerte burbuja inmobiliaria, riesgo para el sistema financiero y para toda la economía. La falta de una verdadera política industrial, con retroceso de la manufactura, y una competitividad exportadora dañada estos años por el auge su divisa, ha sido clave en Ontario y Quebec, con decenas de miles de empleos perdidos (y de votos, lógicamente).

La Campaña

Todos estos han sido factores clave previos, pero no han sido los únicos para la victoria de Trudeau. Ha emergido, también, un fuerte sentimiento de rechazo anti-Harper, percibido como figura más divisiva del país en las últimas décadas por buena parte del electorado (‘Anything but Conservative’, o ABC). Muchos electores que en 2011 optaron masivamente por el NPD (Nuevo Partido Democrático, izquierda), han vuelto ahora a los Liberales (40% de los votos, 31% Conservador, 20% del NPD). Un enorme vuelco frente a 2011 (19% Liberal, peor resultado histórico, 40% Conservador, y excelente 30% del NPD).

El candidato liberal y flamante nuevo premier, Justin Trudeau, es a su vez hijo de Pierre Trudeau, gobernante que modeló el Canadá moderno, extendió el bilingüismo oficial a todo el país, marcó la plena soberanía frente al Reino Unido, y como quebequés él mismo, encabezó la respuesta federalista, derrotando a la iniciativa independentista en Quebec, en el primer referéndum de 1980.

Con una herencia tan pesada, y en un país poco habituado a las sagas, Justin (43 años), tras su elección en 2013 como nuevo líder Liberal, había perdido buena parte de su popularidad y respaldo inicial, lastrado por una imagen de cierta inexperiencia, sin demasiado cuajo para algunos. En agosto arrancó una agotadora campaña de 78 días, la más larga de la historia electoral, en tercer lugar en todas las encuestas, tras los Tories y el NPD, a más de 10 puntos de ambos.

Trudeau, telegénico, imagen de frescura, perfectamente bilingüe, buen orador, se impuso en la mayoría de los debates de campaña, tanto en los celebrados en inglés como en francés (otra característica del sistema canadiense). Aprovechó hábilmente el rechazo a Harper y los errores de Tom Mulcair, candidato del NPD, captando un tercio de su electorado. Buscando los siempre deseados votantes del centro demoscópico, Mulcair se alejó de su eje natural al apostar por el control del déficit por encima de muchas otras prioridades, lo que desdibujó parte de sus prioridades sociales. Frente a ello, Trudeau propugnó un claro programa Keynesiano de gasto público e inversión en infraestructuras, vetustas tras años de infradotación; incremento impositivo a las mayores rentas; giro claro en política medioambiental, con protagonismo en la próxima conferencia de París; retorno a la multilateralidad internacional, con diálogo y respeto a la ONU frente a la agresiva política de la ‘silla vacía’ anterior; apuesta clara por la multiculturalidad y una política de integración y fomento de la inmigración; paridad de género en ejecutivo y presencia de minorías en puestos claves; giro claro en debates como aborto o legalización de drogas blandas;

En sí, un programa claramente progresista y de tintes socialdemócratas, con Canadá como un país más abierto e integrador. Como señala Matt Browne, hay tres hitos muy originales de esta campaña: defender los déficits, frente a la rígida narrativa ortodoxia del equilibrio presupuestario por encima de todo, y presentarlos como una deuda positiva creadora de riqueza mediante nuevas infraestructuras, frente a otros tipos de deuda improductivos; diversidad como fortaleza, evitando demonizaciones en un momento álgido tras las crisis de refugiados sirios; Optimismo y búsqueda del consenso, allanando camino para pactos y coaliciones poselectorales, en países nada habituados a ello; En este caso, esta es una demostración obvia de que una buena campaña bien planificada y ejecutada, puede dar un claro vuelco, frente a las previsiones iniciales.

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