Morir matando

No crParíseo que haga falta expresar la conmoción, el dolor y la compasión que a todos nos ha provocado la serie de ataques sobre la población parisina del pasado viernes. Cuando todavía no sabemos a ciencia cierta el número de víctimas o la forma exacta en que se produjeron, no podemos dejar de pensar en el porqué, en la motivación de unos individuos que sacrifican sus vidas a cambio de llevarse por delante las de unos cuantos ciudadanos anónimos en en las terrazas de la capital de Francia.

Tras los atentados de Madrid y Londres, y ayer, tras el de París, solo puedo pensar en un artículo titulado como esta entrada, escrito por Carlos Alonso Zaldívar en septiembre de 2001 tras los atentados de Nueva York, y que sigue tan vigente hoy como entonces. El diplomático no solo exponía el motivo -la desesperación de aquellos cuya vida resulta un infierno-, sino que se atrevía a exponer algunos remedios que no tienen nada que ver con la “guerra contra el terror” emprendida por Occidente desde entonces, sino con la forma en que podemos poner fin a la desesperación de la gente que ha perdido toda esperanza por su vida.

Quince años después, cuando los terroristas que atentan contra nuestra forma de vida ya no vienen de fuera, sino que surgen de los guetos de nuestras ciudades, y que son tan europeos como nosotros, o al menos eso dice su pasaporte, las palabras de aquel artículo me parecen más adecuadas que nunca: “la vía hacia nuestra seguridad consiste en reducir el número de otros dispuestos a morir. Lograrlo no requiere resolver previamente todos los conflictos y dramas del mundo. Lo que sí exige es recrear la esperanza de que las injusticias pueden llegar a repararse. Sólo el desesperado muere matando, el que tiene esperanza prefiere vivir luchando. El gran reto de Occidente no es matar a unos centenares de asesinos suicidas; si eso es todo lo que hacemos, aparecerán otros. El reto consiste en poner fin a las situaciones que hacen surgir miles de desesperados dispuestos a morir matando”.

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