Política científica y de innovación en tiempos de crisis

MugLitio16 de noviembre de 2015 a las 17:00h. Estamos en la sala de reuniones de CIEM Zaragoza. Se inaugura la mesa Política científica y de innovación en tiempos de crisis. Invitados Alfredo Pérez Rubalcaba y Susana Sumelzo. Modera Luis Miguel García Vinuesa. 50 asistentes, algunos fotógrafos y bastante expectación.

Alfredo Pérez Rubalcaba arrancó el debate con un “Este es mi mundo, el de la ciencia y la investigación”. Algo de cierto debe de haber pues el ahora profesor de química orgánica en la Universidad Complutense de Madrid, confesó que estrena cada día desayunando en una taza de la American Chemical Society con el símbolo del elemento del Litio en su superficie. Su carrera política incluye haber sido candidato a la presidencia del gobierno en 2011, así como haber dirigido las carteras ministeriales de educación y de la presidencia con Felipe González y de interior con José Luis Rodríguez Zapatero, cargo que compaginaba con la portavocía y la vicepresidencia primera del gobierno. Quizá no sepan que también fue ideólogo (y redactor, según admite) de la ley de Ciencia, allá por 1986 (lo cual podría tildarle también de visionario), que su esposa es profesora en el CSIC y la mayoría de sus amigos son investigadores, científicos o están relacionados de alguna manera con la ciencia. Vamos, que haría falta ser muy exquisito para no aceptar que el señor Rubalcaba tiene rodaje y horas de laboratorio (político y del otro) suficientes para comprender cómo está el patio en nuestro país en materia de ciencia e innovación.

Sin ánimo de ser aguafiestas, les adelanto el final de la historia (no me lo tengan en cuenta): no hay que ser muy avispado para adivinar que la situación de la ciencia y de nuestros científicos es precaria y desesperada.

Sostuvo Rubalcaba que, desde los años 80, todos los gobiernos han contribuido a posicionar a nuestro país en ese atractivo grupo de países innovadores, científicos y amigos del conocimiento y de la investigación. Recalcó lo de todos los gobiernos, desde el principio de la democracia, con sus más y sus menos, sus aciertos y sus desaciertos. Con una salvedad: el del señor Rajoy. Afirmación compartida por García Vinuesa, quien fue un poco más allá al lamentar que lo que el ejecutivo de Mariano Rajoy está haciendo por la ciencia no tiene calificativos (buenos, se entiende). Porque las medidas de austeridad impuestas por Europa no justifican de ningún modo los recortes que se han llevado a cabo de forma constante y reiterada en las partidas presupuestarias dedicadas a la ciencia. Eso no es ahorrar; eso es un ciencicidio y además es, hipotecar el futuro.

También hubo consenso sobre que en España no falta ni talento ni investigadores excelentes. La contribución española al acervo científico es incuestionable en multitud de ramas: terapias génicas, biomedicina, vacunas, energías alternativas, etc, lo que ocurre es que la desinversión de los últimos años ha forzado a nuestros cerebros a salir al extranjero poniendo su know-how a disposición de otros países con más visión que nosotros y haciendo literal y paradójicamente cierta la frase que hemos oído cientos de veces a nuestros padres “estudia y llegarás lejos”.

Entramos en una parte de la charla en la que se enciende una luz al final del túnel; y es que para salir de nuestra depresión científica se precisaría un pacto por la ciencia que recuperase el pulso científico y fuera el embrión de una nueva gobernanza en el sector. Un pacto apoyado por todos, partidos e instituciones científicas, que fuera más allá de un mero acuerdo de intenciones sujeto a vaivenes políticos. Pero, para que esto ocurra, tiene que acompañarse de un plan de financiación y de un respaldo económico desaparecido en los últimos años. Es más, lo mínimo sería incluir en él medidas realizables y calendarizables, como una financiación estable para la investigación básica, programas con garantías de continuidad, inversiones sostenibles, conexión con el tejido industrial y empresarial (pues no hay que olvidar que la investigación y la innovación no son cosa solo de la administración pública), ayudas y créditos con condiciones de fácil retorno y sujetos a resultados e impacto de los proyectos, así como convenios entre instituciones que permeabilicen, compartan y propaguen ese tesoro llamado conocimiento, entre otras.

De la mano de estas medidas, hacen falta otras de igual o mayor calado relacionadas con el capital humano. Es perentoria una desprecarización de las condiciones laborales de los investigadores y de todo el personal vinculado o dependiente de los organismos de investigación, institutos tecnológicos, etc., y es no menos prioritaria una profunda regeneración de nuestras instituciones tecnológicas (universidad incluida). Re-generación en el más amplio sentido del término. Sin una renovación generacional, técnica y administrativa que encarne y encaje mejor la realidad actual y se adapte a la imparable marcha de la tecnología, estamos perdidos y condenados a permanecer en los últimos lugares de los rankings de países pro-ciencia. Y, créanme, no solo es una cuestión de imagen. La austeridad compulsiva no debe cebarse con la investigación porque los recortes se pagan caros, y no sólo no garantizan pan para hoy sino que, en ciencia, son garantía de hambre mañana.

Hubo tiempo en el debate final para que los ponentes pusieran sobre la mesa la necesidad de instrumentar medidas de control, de evaluación de resultados, de fiscalización presupuestaria y de transparencia, pero sin obviar que éstas han de ser lo suficientemente flexibles para que el propio sistema no se convierta en una trampa, un galimatías o un calvario para ejecutar los fondos que deben y tienen que estar a disposición de la ciencia. Por concretar, es urgente una rectificación de la política científica y tecnológica seria, porque serio es lo que nos jugamos. Sin embargo, el desafío no es sencillo. En primer lugar porque, como apuntaba el profesor Rubalcaba, exige coordinar estructuras que por naturaleza no son coordinables (o no les gusta serlo) y, segundo, porque los réditos electorales y políticos rentan a largo plazo. Y eso no vende. Pero la verdad es simple y está ahí afuera… La inversión en I+D+i no es deficit público, ni es gasto. Es solo eso… inversión.

Entendámoslo: Nos jugamos casi todo con la ciencia y deberíamos llegar a ese punto de estabilidad y de conciencia social en el que no hiciera falta explicar su importancia. Igual que no hace falta explicar la música… no hace falta entender la letra de esa canción para sentir el mensaje ¿verdad?…. Decíamos … llegar a ese punto pasa por hacer efectivas algunas de las medidas esbozadas (y/o probablemente otras) y, tan importante como esto, pasa por incentivar y promover las vocaciones científicas y el interés por la ciencia desde edades muy tempranas. Por qué no intentarlo desde ya?

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