Dejen al talento fluir libremente

einsteinBNLa primera Teoría de la Relatividad la enunció Galileo Galilei, a principios del siglo XVII y no hizo sino poner en lenguaje matemático el sentido común: si Alicia, y Benito están sentados uno al lado del otro en un banco del parque, se ven uno al lado del otro en reposo, y describen igual el vuelo de una paloma que pase. Esto no cambia si van los dos en un avión, o corriendo juntos (a velocidad constante). Si Alicia es triatleta y coge la bici, Benito la verá alejarse mientras corre, con una cierta velocidad, la misma con la que Alicia lo ve quedarse atrás. Su amigo Carlos, cómodamente sentado en otro banco del parque, ve más rápida a Alicia en la misma cantidad que Benito la ve alejarse. De eso precisamente va la Teoría de la Relatividad (la de Galileo y la de Einstein): de cómo traducir los datos de un observador (A, B, o C) según sea su movimiento relativo. No dice que “todo es relativo”, porque eso es obvio, ni tiene que ver con el relativismo filosófico tan de moda hace un tiempo (y al que Sokal dio el mejor “zasca” de la historia). La relatividad de Galileo es así de simple, puro sentido común.

Casi 300 años después, James C. Maxwell consiguió una teoría que describía fantásticamente la electricidad y el magnetismo, origen de la electrónica y las telecomunicaciones; pilares de nuestra sociedad del conocimiento. Las famosas ecuaciones de Maxwell predicen la existencia de unas “ondas electromagnéticas”, que pronto fueron identificadas con la luz, y que viajan a velocidad constante, independientemente del observador que las vea pasar. Eso es incompatible con la relatividad de Galileo: C sentado en el banco y B corriendo a tope no pueden coincidir en la velocidad con la que ven a A alejarse en su bici. Pero como las ecuaciones de Maxwell describen y predicen de maravilla la electricidad y el magnetismo, Galileo y el sentido común tenían que estar equivocados, aunque sea un poquito. La Teoría de la “Relatividad Especial” de Einstein, de 1905, resuelve este problema. Fijar la velocidad de la luz como una constante universal implica que Espacio y Tiempo dejan de ser absolutos e independientes, mezclándose en un extraño marco de referencia espacio-temporal. Además, masa y energía pasan a ser equivalentes, dando lugar a la ecuación más famosa de la historia de la física, E=mc^2.

Quedaba un problema difícil: cómo hacer para traducir las medidas de observadores sometidos a aceleraciones. La respuesta completa a este problema es la Teoría General de la Relatividad, que Einstein tardó 10 años en culminar, y que publicó justo hace 100 años.

Al darse cuenta de que el efecto de acelerar es indistinguible de un campo gravitatorio (cualquiera que haya montado en el ascensor de un rascacielos lo ha notado en su estómago y sus pies) Einstein construye una de las más bellas creaciones intelectuales de la humanidad, cuyas implicaciones son alucinantes. Sin entrar en más detalles, citaremos a John Wheeler: “la materia le dice al espacio tiempo cómo curvarse, y el espacio-tiempo le dice a la materia cómo moverse”.

Las correcciones en la descripción del movimiento debidas a las dos teorías de la relatividad de Einstein son cruciales para describir adecuadamente el movimiento de la luz y la materia en el universo, pero también para la moderna tecnología de telecomunicaciones (tanto en la comunicación como en el posicionamiento de satélites). La Relatividad de Einstein es mucho menos trivial que la de Galileo, y tiene inmensas implicaciones tecnológicas: el GPS y el creciente número de mercados y tecnologías basados en él (desde la defensa a la logística y el turismo) no funcionarían sin la relatividad. También está detrás de los aceleradores de partículas, tanto los grandes instrumentos de investigación como la instrumentación para la salud de los hospitales. Toda la tecnología nuclear, que hoy alivia en parte de nuestra dependencia del petróleo, y sobre todo, nos ofrece un horizonte energético más limpio y sostenible a largo plazo, debe a la Relatividad su idea generatriz.

Einstein, un personaje un tanto excéntrico, convencido antinacionalista y antimilitarista, proveniente de una humilde familia de emigrantes judíos, tuvo que solicitar el status de refugiado en 1933, renunciando a su nacionalidad alemana tras ser forzado a abandonar su cátedra en Berlín. Sus obras figuraban en las listas de libros a quemar y todas sus propiedades fueron confiscadas. Nunca tuvieron en cuenta los nazis que Einstein había permanecido en el mísero Berlín de los años 20 rechazando importantes ofertas de universidades de todo el mundo simplemente por lealtad a su colega Max Planck y a la ciudad donde fue feliz.

Los trabajos de Galileo, Maxwell o Einstein no estuvieron dirigidos por líneas prioritarias ni planes quinquenales, sino que fueron investigación conducida por la curiosidad. Sin embargo, hoy sustentan buena parte del PIB mundial. Tal vez la mejor manera de promover la innovación sea dejar al talento fluir libremente. Aunque sea el de un hereje, o el de un refugiado.

Físico de profesión, investigo en el CSIC desde 2001 y antes estuve tres años en el CNRS de Grenoble. Trabajo en magnetismo de nanosistemas y moléculas. Realizo buena parte de mi labor investigadora en fuentes de radiación sincrotrón de todo el mundo. Dedico más tiempo del que me gustaría a labores de evaluación y gestión de la investigación, e intento hacer divulgación allí donde me llamen. Tengo dos hijos, mi familia es el eje de mi vida, me gusta leer, nadar, el waterpolo y la música.
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