Cantar la Marsellesa, votar Frente Nacional

bataclanApenas ocho horas después de los atentados de Noviembre (a las siete de la mañana del sábado 14 de Noviembre aún era todo confusión) saqué mis billetes de tren Olorón – París, sin dar tiempo a mi familia a despertarse del todo ni tiempo a la SNCF para que los bajara de precio. Este corresponsal lo es en días de vacaciones, por eso fijé la fecha para mi viaje a la capital de Francia para el 5 de Diciembre, víspera del día de la Constitución (española).

A mediados de los años noventa, París vivió una serie de atentados en el metro cuya huella en el mobiliario urbano pervive hasta hoy en forma de papeleras de estructura de metal minimalista que, sin el cubo que las rodea, permiten ver los deshechos de la gente a través de la bolsa de plástico transparente. También data de esa época la implantación del plan de seguridad “Vigipirate”, que saca a las fuerzas de seguridad a patrullar con metralleta por los puntos sensibles de la ciudad. Me pregunto qué huellas, en esta ciudad y en este país, serán todavía visibles dentro de veinte años como consecuencia de los atentados del ISIS.

De momento, a la salida del túnel del Somport camino a la estación de Olorón, vuelve a estar activo el paso fronterizo. Es noche cerrada y el gendarme se encierra en una garita prefabricada a comprobar nuestros documentos de identidad. Su expresión denota cierto fastidio. Quién iba a pensar, destinado en el tranquilo Béarn (libre hace tiempo de complicaciones fronterizas) cercano ya a la cincuentena, en este súbito empeoramiento de sus condiciones laborales.

El único empleado de la estación de Olorón, con parsimonia béarnesa, nos anuncia que el maquinista de nuestro tren está hoy enfermo y que un autocar nos conducirá hasta Pau, donde efectuaremos transbordo. Nos aconseja identificar bien nuestro equipaje. “Ya saben, la gente en París anda inquieta, en estos momentos”. Es todo lo que, a 1.000 km de París, en el valle del Aspe (el último rincón de Francia), oímos de la onda expansiva de las explosiones en el Bataclán y aledaños. Ni comprobación de identidad al subir al tren, ni controles de equipaje. Tampoco vemos gendarmes ni metralletas a nuestra llegada a Montparnasse-Bienvenue (Bienvenida).

Encontramos en París una temperatura anormalmente tibia, como dicen que hacía en los días de los atentados. Caminamos a mediodía por la rue Charonne hasta el chaflán que ocupa el restaurante “La Belle Équipe” (18 muertos), ahora un lugar más de homenaje callejero a los caídos bajo las balas. Como a este corresponsal le apasiona pedalear, me fijo en una bicicleta atada a un poste casi cubierta por las velas, flores y mensajes que la gente ha ido dejando. Quizás el dueño haya desistido de recuperar su vehículo, comento. Cualquiera se arriesga a que se desmorone la montaña de recuerdos. Un segundo después caigo en la cuenta de que hay muchas probabilidades de que el dueño estuviera en la terraza esa noche. Cuando salimos a tomar algo preferimos atar la bici donde podamos verla.

Unos metros más allá, en la misma rue Charonne, entramos en “La pause café”, un lugar concurrido, con un “brunch” imbatible en cantidad-calidad-precio, donde ya hemos cenado alguna vez. Dos gendarmes con chaleco y fusil hacen guardia en la acera. Pienso que, quizás, se debe a que los efectivos urbanos del plan “Vigipirate” se concentran en la esta zona masacrada por los islamistas. Sin embargo, a los pocos minutos, nos cruzamos en el restaurante con el primer ministro Manuel Valls, tez colorada, recto en su abrigo azul, que sale entre las mesas y saluda enérgicamente a los gendarmes antes de enfilar a pie por la vecina rue Keller acompañado de un pequeño grupo de colaboradores.

También nosotros hemos acabado el almuerzo y subimos por el lado soleado del Boulevard Richard Lenoire hasta la sala Bataclán, cuya fachada aún está acordonada. Mucho visitante en torno al edificio, mucho iPhone y mucho selfie. De momento no hay vendedores ambulantes ni autocares, pero uno tiene la sensación de que, en una época en que el turismo lo engulle todo, no tardarán.

No lejos de allí un colegio luce lleno de carteles de candidaturas electorales. Recordamos que hoy, domingo 6 de Diciembre, es el último día para votar en las elecciones regionales. Al acabar la jornada, la prensa anuncia que el Frente Nacional de Marine Le Pen se ha alzado con el triunfo. Comprendemos pues que hoy era un día de actividad pública para el primer ministro, con el que casualmente hemos coincidido en su receso para el almuerzo rodeado de su equipo, y comprendemos de golpe también que los atentados dejarán una huella más profunda que un simple puesto policial en un paso fronterizo de montaña. Comprendemos, finalmente, que cantar La Marsellesa en un estadio al día siguiente de los ataques no garantiza preservar a toda costa la libertad, ni la igualdad, ni la fraternidad.

Este corresponsal vivía en Madrid cuando los atentados islamistas del 11-M, allá por 2004, y no recuerda cambios en la sociedad española como consecuencia de los mismos, ni recuerda cambios en el mobiliario urbano, ni que que se levantaran nuevos controles fronterizos. Es más, tras el suceso, el país viró políticamente a la izquierda y, en un fogonazo de ingenua clarividencia política, salió del disparate de la guerra de Irak, sin la cual el ISIS lo hubiese tenido mucho más difícil para constituir su poder. Pocos meses después se realizó la mayor regularización de inmigrantes en el país hasta la fecha, regularización que incluyó a muchos mulsulmanes y que, salvo excepciones. no llevó consigo reacciones políticas que se pudieran tintar de xenofobia. Y recordando el impecable civismo con que la sociedad española ha aguantado los insoportables años de terrorismo autóctono, me pregunto qué tenemos exactamente los pueblos al sur de los Pirineos en nuestro acervo social y cultural para dar muestras de semejante “sentido común cultural”. Un sentido común cultural o social que influye en los políticos, y no al revés, de manera que, hasta los más populistas “se cortan” de enarbolar la facilona bandera del odio tras la tragedia.

Este corresponsal tiene la sensación de que, en realidad, su visita al París tras el horror le sirve para ver mejor desde la distancia a su país. Y reconoce, es cierto, una sociedad capaz de re-elegir a políticos corruptos, que tolera que su presidente se esconda tras un plasma, que aguanta que políticos mediocres tapen sus carencias a golpe de procesión de semana santa, casteller, o dantzari, o que pensó que hacer suntuosas obras públicas de “nuevos ricos” iba a garantizarnos ser ricos para siempre. Pero también ve, con orgullo, una sociedad tan poderosa que es capaz de mitigar un 25% de paro con una resistente red de apoyo familiar, o de servir de perfecto caldo de cultivo para el mejor sistema mundial de trasplantes. Suponemos que ninguna sociedad es perfecta, querer aunar en una misma cultura la rectitud moral escandinava, el espíritu emprendedor holandés y la solidaridad latina probablemente sea pedir demasiado.

La sociedad española es una sociedad imperfecta, y lo seguirá siendo. Mientras la mejoramos, tratemos de no perder aquello que le lleva, no solo a responder a la barbarie con la emocionante dignidad del sentido común, sino a trasladarlo, con la tranquila pedagogía del voto, a su clase política.

Este corresponsal vuelve a casa: París, Pau, Olorón… Zaragoza. Mañana hay que madrugar.

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