La política en tiempos del Marca

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Foto: El País, Claudio Álvarez

Hubo un tiempo en que las plantillas de los periódicos “serios” contaban con la épica figura del “periodista parlamentario”, encargado de desgranar los a veces farragoso debates de las Cortes, poner la oreja en los pasillos del Congreso, y hasta echarse algún cubata con los políticos en los bares cercanos a la Carrera de San Jerónimo, en busca de una primicia o algún comentario relajado entre sorbo y sorbo. Incluso existía un programa en la tele (cuando solo había dos cadenas) en el que se repasaba la actividad política semanal del Parlamento.

Algunos de aquellos periodistas han desaparecido, como el gran Luis Carandell, y otros sobreviven en los pequeños reductos que todavía quedan, o tienen que reinventarse sobre la marcha en los nuevos formatos. En todo caso, el periodismo político del siglo XXI es algo muy diferente al de aquellos personajes, al igual que los propios políticos y los partidos, que han transformado radicalmente su forma de comunicar y de acceder al gran público.

Sin embargo, algo ha cambiado en este tiempo: las tertulias políticas se desarrollan durante el prime time del sábado entre gritos de tertulianos enfervorecidos y políticos emergentes; los programas del corazón se interrumpen con intervenciones en directo de candidatos presidenciales, en las que anuncian en primicia futuras medidas de gobierno; y la última moda: todos los candidatos desfilan por los principales programas deportivos de la radio nocturna para desvelar cuál es su equipo favorito o contar quién quiere que gane el próximo derbi.

Supongo que hay una explicación más o menos evidente: los políticos aprovechan los medios más populares y más seguidos por los ciudadanos para transmitir su mensaje. Otra, mucho más triste, dice que el problema es que muy poca gente se para a escuchar un discurso de contenido político puro y duro. Para algunos es consecuencia de vivir en una sociedad adormecida, y para otros es incluso peor, el anticipo de esa sociedad distópica que describía Idiocracia, la película de Mike Judge en la que vislumbraba un mundo dominado por idiotas. Filósofos como Lyotard nos dirían que es fruto del postmodernismo en el que vivimos, un tiempo en el que los grandes relatos (los políticos más que ningún otro), ya no tienen cabida frente a los relatos individuales, mucho más poderosos para el ciudadano medio.

Yo prefiero pensar que se trata tan solo de una cuestión de números, y es que si tenemos en cuenta todos los actos de campaña de cualquiera de los principales candidatos en estas elecciones, apenas sumarán 100.000 asistentes (siendo optimistas), mientras que una hora y media junto a Bertín Osborne suma cuatro millones y medio de espectadores; un poco de trekking con Calleja, un millón y medio; y un ratito de charla en El Larguero, casi un millón de oyentes.Si se trata de buscar medios en los que “colar el mensaje”, está claro que la estrategia está clara.

Dicho esto, nueve millones y medio de personas estaban frente al televisor en el debate a cuatro del pasado lunes. Muchos se lo pasaron (nos lo pasamos) muy bien durante las dos horas de intervenciones, ataques, interrupciones y minutos de oro. Y seguro que un número parecido de personas seguirá el de esta noche entre Pedro Sánchez y Mariano Rajoy. Así pues, ¿quién dijo que la gente pasa de la política?

Del 72, historiador vocacional, trabajo en una ONG en la que me ocupo de las alianzas con el sector privado y de la incidencia política. Adicto a la información, me interesa casi cualquier cosa que pasa a mi alrededor. Futbolero en retirada, seriéfilo, y tan cándido como para pensar que todavía se pueden cambiar las cosas. Me gusta pensar y escribir sobre políticas públicas y partidos.

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