La política en tiempos de indignación

innerarity“La política en tiempos de indignación” es el último libro del filósofo Daniel Innerarity.

Vivimos semanas apasionantes en el terreno político, pues la actualidad se despliega con apabullante velocidad, a la vez que el relato de lo que sucede para la formación de gobierno sólo puede componerse del todo yuxtaponiendo múltiples planos y formatos, como en los mejores productos audiovisuales transmedia. De hecho, podemos cerrar los ojos por un momento e imaginarnos que los líderes de los partidos son, en realidad, personajes de un thriller por entregas, en el que el retorcido equipo de guionistas nos depara en cada episodio un nuevo giro de la trama. Fuego amigo, líneas rojas, vetos cruzados, sillones, ruedas de prensa simultáneas, escándalos de corrupción, filtraciones… el protagonista guaperas con la cuasi-imposible tarea de formar un gobierno en franca minoría, el presidente saliente, viejo lobo, aún al mando de muchos de los resortes del poder y dispuesto a morir arrasándolo todo. Los jóvenes y sobradamente preparados aspirantes (mención especial aquí al equipo de vestuario), a izquierda y derecha lanzando dardos envenenados y generando, en cada tertulia, el efectista titular definitivo.

Basta. Apaguemos la televisión. Cerremos twitter. Dejemos la lectura de la prensa digital para otro día. Encendamos la lamparita de leer. Abramos el libro de Daniel Innerarity “La política en tiempos de indignación”. Pongamos algo de música de fondo. Intentemos entender.

Que la perspectiva de un gobierno socialdemocracia requiera superar una situación digna de la mejor serie de intriga es todo un síntoma de los males que aquejan a nuestra ideología. No vamos aquí a entrar a fondo en ello, tan sólo recordar, como causas estructurales, lo lejos que queda la postguerra y la falta de un relato de similar simplicidad y fuerza que el del neoliberalismo. Como causas inmediatas a nivel local: la imagen de aturdimiento ante el desmoronamiento económico post-Lehman Brothers.

El libro de Innerarity ofrece un buen número de reflexiones impagables acerca del oficio de la política y del papel central de ésta para asegurar nuestro bienestar y nuestra convivencia. Impagable por lo necesario en medio de la vorágine, e impagable por lo radical. Radical es apartarse con de los discursos populistas: no menosprecia a los políticos sino que explica las arduas dificultades que entraña el buen ejercicio de su tarea, evita buscar chivos expiatorios fáciles para explicar la crisis y, en su lugar, anima a los economistas socialdemócratas a no renunciar a explicar las razones de fondo de nuestras dificultades económicas, como son nuestra escasa productividad o un modelo económico desequilibrado y poco intensivo en conocimiento.

Daniel Innerarity exhorta a los intelectuales de izquierdas, no a llamar a la indignación, sino a explicar a la gente cómo funciona el mundo y cómo podemos, efectivamente, desde la acción individual y colectiva, cambiarlo. A arengar, en lugar de a indignarse, a comprender y, desde el entendimiento, a actuar.

Según el filósofo vasco, no hay que alarmarse en exceso por la sensación permanente de crispación y ruido político, pues tanto el parlamento como los medios de comunicación son foros destinados a la crítica y la confrontación. Lo normal es que se amplifique el disenso y se le aplique sordina al acuerdo. La calle, especialmente a raíz del 15-M, se ha convertido también en un lugar de protesta. Algo que, a juicio de Innerarity, estabiliza el sistema al ofrecer una válvula de escape a la indignación, evitando, guste o no, vuelcos verdaderamente revolucionarios. Cuando, como ocurre en España, los movimientos de indignados cristalizan en formaciones políticas y tienen la posibilidad de trasladar sus eslóganes a leyes o acciones institucionales, es cuando el sistema democrático queda definitivamente legitimado y reforzado. Sin cejar en la tarea de atajar las causas de la indignación, la buena noticia es que la desconfianza en la clase política, como apunta Innerarity, es directamente proporcional al nivel educativo de una sociedad.

En cuanto a la dinámica de la confrontación política, el pensador vasco advierte contra lo poco práctico de llevar los principios irrenunciables y las líneas rojas como bandera, algo que sólo lleva al autoritarismo o, cuando no se está en posición dominante, a la frustración de los seguidores y, por último, a la incomodidad de acabarse tragando uno las máximas con más frecuencia de la deseada. Y un consejo final para los estrategas: los votantes premian, cada vez más, no al orador más brillante, ni con más carisma, ni al partido con más historia, o más abierto, o más cohesionado. La gente tiene preferencia a confiar el poder a partidos que transmitan responsabilidad, capacidad y competencia para afrontar los complejos retos que tenemos por delante, en especial en el terreno económico.

Y no es ajeno a todo ello el hecho de que el PSOE haya gobernado 22 años en democracia, ni que sea quien más probabilidades tenga de gobernar ahora. Porque hemos encarnado durante la historia democrática española el papel del partido que hace viable el progreso. Y hemos perdido el gobierno cuando hemos sido superados por los acontecimientos. Reforcemos pues, mediante la negociación de nuestro programa de gobierno que ahora comienza y mediante la formación posterior de los equipos, este perfil de progreso, de capacidad y de dominio de la situación tan necesario para generar, a un tiempo, ilusión y confianza. Apuntalemos la posibilidad de que, tras cuatro nefastos años de gobierno popular, con investidura de Pedro Sánchez o con nuevas elecciones, la izquierda competente vuelva a dirigir nuestro país.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *