Sobre argumentos espurios y sistemas electorales

800px-jean-jacques_rousseau_painted_portraitRepetir muchas veces un argumento puede que sirva para cambiar el estado de opinión de la ciudadanía, pero no suele servir para cambiar las leyes de un país. Podemos repetir de forma incesante que “debe gobernar el partido que más escaños ha obtenido”; o que “los ciudadanos nos han enviado a la oposición”; pero por mucho que lo repita el interesado, ya sea ministro, presidente de comunidad o simple ciudadano, no dejará de ser una opinión sin fundamento.

Me explico: nuestro país, al igual que muchas otras democracias modernas, dispone de un sistema electoral según el cual no es presidente, o alcalde, el candidato que obtiene más votos/escaños/concejalías en unas elecciones, sino el que consigue formar una mayoría que lo sustente al frente de esa institución. Esto significa que, como decimos, ser el más votado no implica automáticamente gobernar.

Tampoco está escrito en ninguna parte de nuestro ordenamiento constitucional que los grupos parlamentarios estén imposibilitados para formar alianzas a fin de sumar más votos que el contrincante.

Ojo, no digo que este pensamiento no carezca de lógica. Seguramente (no es mi caso), habrá quien considere que solo puede gobernar el que más votos tenga, pero en todo caso, para que esto sea así primero tendría que hacerse una pequeña reforma de la Constitución del 78, y la verdad, tal y como están las cosas, creo que hay algunas cositas un poco más urgentes que esto.

Sin embargo, todavía podemos retorcer un poquito más los argumentos sin necesidad de pedir reformas constitucionales. Ya que al partido más votado no le llegan los escaños, dicen algunos, hagamos que algunos de los nuestros se abstengan, o mejor todavía, que ese día no se presenten en el Congreso. Pues claro que sí, con ideas tan buenas, ¿qué podría salir mal?

Ya decía Rousseau (sí, ese señor antiguo que además de escribir tochos infumables es uno de lo padres del pensamiento contemporáneo) que eso de la democracia es un poco una filfa, y que solo ejercemos de verdad nuestra soberanía en el momento de votar, puesto que una vez que se la hemos cedido a los representantes que aprueban leyes y eligen presidentes, volvemos a ser tan solo unos esclavos del sistema, ya que para entonces hemos perdido el control de nuestro voto.

Todo esto para decir que, eso de que un ciudadano vote, digamos por ejemplo al PSOE, para que su representante de este partido llegue y el día de la votación no acuda al Congreso a fin de que pueda ser elegido un presidente, digamos por ejemplo del PP, igual no es tan buena idea como cabría esperar. Algunos incluso podrían pensar que les habían tomado el pelo, e incluso, llegado el caso de tener que volver a votar, pensar si no es mejor hacerlo a otro partido que defienda mejor sus intereses.

Es muy difícil saber lo que los votantes de cada partido querrían que se hiciera con su voto. ¿Resulta posible definir con exactitud lo que la mayor parte de los más de cinco millones de votantes del PSOE quiere hacer con sus 85 representantes? Desde un punto de vista técnico es imposible, por lo que sólo existen dos soluciones: dejar que sean los propios parlamentarios los que decidan, ya que para eso tienen un grupo parlamentario que coordina y dirige su actividad; o bien, si lo que queremos es una solución más democrática, consultar al mayor número de representantes de esos millones de votantes, los afiliados, y dejar que sean estos los responsables últimos de la estrategia postelectoral de su partido. Yo, me abono a esta última.

Del 72, historiador vocacional, trabajo en una ONG en la que me ocupo de las alianzas con el sector privado y de la incidencia política. Adicto a la información, me interesa casi cualquier cosa que pasa a mi alrededor. Futbolero en retirada, seriéfilo, y tan cándido como para pensar que todavía se pueden cambiar las cosas. Me gusta pensar y escribir sobre políticas públicas y partidos.
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