Sobre la crisis del PSOE

Un destacado dirigente local del PSOE, con varios años en cargos orgánicos e institucionales, suele contar una anécdota para ilustrar la forma en que se gestionan, con “mano de hierro”, las agrupaciones del partido en su ciudad. Recuerda una asamblea de su agrupación en la que, una vez hechas las cuentas de los asistentes, fue consciente de que iban a perder el control de la misma. Antes de que se llevara a cabo la votación habló con el responsable de la instalación municipal donde se celebraba la asamblea (también del partido), y le convenció para provocar un apagón que impidiera continuar con la reunión. Una semana después, reanudada la asamblea, fue capaz de llevar a un número superior de afiliados y ganó la votación. Han pasado 25 años de aquello, él aún sigue al frente de la agrupación, y además ocupa un puesto en el consistorio municipal.

Recuerdo esta anécdota casi siempre que pienso en los problemas organizativos de los partidos políticos españoles en general, y del PSOE en particular, y lógicamente me vino a la cabeza el pasado 1 de octubre, durante la celebración del Comité Federal que terminó con la dimisión de Pedro Sánchez como secretario general de los socialistas.

No puedo disponer del curriculum personal de los asistentes a aquella reunión, pero estaría dispuesto a apostar fuerte a que una grandísima mayoría de los que allí se dieron cita tienen una vinculación profesional con el PSOE de su comunidad autónoma. Así pues, parece lógico pensar que a la hora de votar muchos de ellos no lo hicieran siguiendo los dictados de su conciencia, sino más bien la de los del jefe de filas de su federación, que es el que en última instancia les permitirá continuar en sus puestos como diputado, concejal o personal de confianza en alguna administración.

La triste realidad es que las personas que tienen que decidir acerca de los asuntos del partido más trascendente de la historia de España son incapaces de manifestar un criterio propio, algo que resulta fácilmente rastreable a poco que echemos un vistazo a las opiniones de estos cuadros intermedios del PSOE (como mucho en 140 caracteres, o mediante alguno de esos ingeniosos montaje en sus perfiles de Facebook que comparten desde las cuentas oficiales del partido), quienes tienen una impecable capacidad para justificar cualquier cosa que opinen sus “jefes” territoriales, aunque sea contradictorio con lo que han defendido tan solo unos días antes. Así, lo mismo los vemos defender en agosto la tenacidad de Pedro Sánchez frente al PP, que a las pocas semanas tacharlo de irresponsable por esa misma tenacidad; e igualmente una semana defendiendo a la Gestora del PSOE y el voto negativo a la investidura del PP para, unos pocos días después, decir aquello de que “igual la abstención no es tan mala”.

El PSOE tiene un grave problema de gestión interna que puede llevarle a perder la hegemonía de la izquierda en España por tiempo indeterminado, y se comporta como si fuera una gran empresa cuyos departamentos, cada uno con sus problemáticas y realidades, fuesen capaces de imponer sus criterios por encima de los del consejo de administración. Unos departamentos, además, en los que sus responsables se hubieran dedicado a reclutar no a los mejores empleados por sus aptitudes y habilidades, sino por su capacidad para decir que sí a todo, sin pensar en los intereses de sus clientes. Una empresa así, coincidirán, no tendría mucho futuro en el mercado.

Ejemplo de ello es el Comité Federal que este domingo tendrá lugar en Madrid, y en el que con toda seguridad se aprobará la abstención del PSOE en la investidura de Mariano Rajoy. Sin embargo, parece bastante claro que hay un importante número de militantes y votantes socialistas que no están de acuerdo con esa postura, y que incluso preferirían arriesgarse a unas terceras elecciones, antes que permitir un nuevo gobierno del PP. La postura ante esto de Javier Fernández, presidente de la gestora del PSOE, ha sido decir que el partido se estaba “podemizando”, y que los militantes “no disponían de toda la información necesaria para emitir una opinión consecuente”. Recurriendo de nuevo a la comparación, es como si al director territorial lo ponen temporalmente al frente de la empresa y se le ocurre afirmar que sus clientes están equivocados y que no tienen capacidad para emitir opiniones sobre su producto. De nuevo, convendrán en que lo más posible es que los clientes se pasen a la competencia.

Todo esto para decir que el PSOE necesita, si de verdad quiere seguir siendo un partido determinante, llevar a cabo una transformación tanto externa (en forma de programa capaz de enganchar de nuevo a los votantes que le han dado la espalda en el último año) como interna (todavía más importante), en la que se dé paso a una nueva generación de cuadros más capacitados y más conectados con la sociedad española del siglo XXI; en la que se restrinja el poder de los barones autonómicos; en la que se fomente una cultura meritocrática que prime el acceso a los puestos de responsabilidad a aquellos con más capacidades y experiencia, y la dificulte a aquellos cuyo “cursus honorum” esté limitado tan solo a la permanencia en los cargos orgánicos. Del mismo modo, es imprescindible separar las responsabilidades orgánicas de las institucionales, de manera que estas últimas no dependan de las primeras e, igualmente, evitar una excesiva acumulación de poder mediante la incompatibilidad de determinados cargos.

Sólo estas reformas podrán permitir atraer de nuevo al PSOE a cuadros, militantes y votantes que le devuelvan el papel central que este partido ha ocupado en la historia reciente de España.

 

Del 72, historiador vocacional, trabajo en una ONG en la que me ocupo de las alianzas con el sector privado y de la incidencia política. Adicto a la información, me interesa casi cualquier cosa que pasa a mi alrededor. Futbolero en retirada, seriéfilo, y tan cándido como para pensar que todavía se pueden cambiar las cosas. Me gusta pensar y escribir sobre políticas públicas y partidos.
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