El riesgo de la irrelevancia

wp-image-1421951184jpg.jpgEn teoría política, un partido dominante es aquel capaz de ejercer una mayor influencia respecto al resto de partidos existentes en un sistema multipartidista. Los partidos dominantes pueden gobernar durante bastante tiempo en solitario o mediante acuerdos de legislatura, pero en todo caso es muy difícil desplazarlos del poder, y normalmente se tiene que dar un conjunto de circunstancias para que otra fuerza política pueda ocupar su lugar.

La España de los 80 fue, de alguna manera, un sistema con un partido dominante, el PSOE, que disfrutó casi siempre de mayorías cómodas con las que desarrollar su programa de gobierno en el periodo de 1982 a 1996. En ese tiempo el país experimentó una gran transformación en casi todos los ámbitos posibles: sanidad, educación, infraestructuras, sistema de pensiones, reconversión industrial, y hasta la reforma del ejército, fueron tareas abordadas por el gobierno socialista de aquellos años, en los que parecía casi imposible que Alianza Popular, refundada posteriormente como Partido Popular, pudiesen alcanzar alguna vez el gobierno.

Desde entonces, lo que hemos vivido en nuestro país también está recogido en la ciencia política bajo el nombre de bipartidismo, y como todos sabemos se basa en la alternancia entre dos fuerzas que sucesivamente ocupan el gobierno y desarrollan sus programas durante una o, como mucho; dos legislaturas.

La abstención del PSOE del pasado fin de semana podría terminar con ese periodo de bipartidismo y dar comienzo a otro en el que volvamos a experimentar qué significa  vivir en un sistema de partido dominante. Tal y como están las cosas, la doble negativa de una parte importante de los dirigentes socialistas a reconocer la importancia de Podemos como parte del sistema democrático y de la izquierda española, así como a afrontar el problema del secesionismo en Cataluña, han impedido la posibilidad de formación de un gobierno de progreso formado por el PSOE, Podemos y los partidos nacionalistas.

Por otro lado, existía entre ellos la convicción de que en caso de unas nuevas elecciones el PP podía alcanzar la mayoría absoluta y el PSOE empeorar sus resultados respecto a las del 26 de junio pasado. La realidad es que no existían datos suficientes para corroborar esa opinión, y de hecho, las encuestas realizadas antes de que estallase la crisis dentro del PSOE parecían indicar que se volverían a repetir los resultados (aquí, aquí), o que en todo caso el PSOE podría mejorar ligeramente (aquí, o aquí). Lo único que parece seguro es que todo lo ocurrido durante el último mes garantiza en estos momentos un verdadero desplome del PSOE en caso de nuevas elecciones, con descensos que van del 3’3 al 7’8 % de voto, que traducido en escaños supondría una debacle.

Independientemente de los sondeos, y aunque es es pronto para contar con datos fiables, no resulta descabellado pensar que tras los últimos acontecimientos, el PSOE pueda perder una importante masa de votantes, de manera que una parte de estos se desplace hacia opciones más a la izquierda como Podemos, y otra, más pequeña, hacia alternativas de centro como Ciudadanos. Parece pues evidente que en estos momentos el PSOE habría dejado de ser la segunda fuerza política en España y que, tal y como están las cosas, resultaría imposible a corto y medio plazo constituir una alternativa de gobierno de la izquierda.

Es el  escenario soñado por el PP, y ya no tanto porque su respaldo electoral sea en estos momentos masivo (de hecho, el PP es el partido que más escaños ha perdido desde 2011), sino por una simple incomparecencia de su contrincante principal que, en una decisión sin precedentes en la historia política de nuestro país, se ha descartado a sí mismo como alternativa.

Dudo que en estos momentos haya algún politólogo que no piense que el escenario electoral español para los dos o tres próximas legislaturas no vaya a estar monopolizado por el PP, y que de esta manera pueda continuar con su programa político que, como bien sabemos tras los últimos cuatro años, han supuesto un aumento de la desigualdad, recortes en las prestaciones sociales y las libertades, el empeoramiento de servicios como la sanidad o la educación, y la tolerancia absoluta de la corrupción.

Los nuevos dirigentes del PSOE dicen que la abstención del pasado sábado implica que el gobierno va a estar muy vigilado por la oposición. Algunos incluso se atreven (hasta de forma temeraria) a anunciar un control férreo desde la bancada socialista. Sin embargo, más bien parece que es el PSOE el menos interesado en forzar a un gobierno que tiene en sus manos la posibilidad de convocar nuevas elecciones a partir del próximo mes de mayo, y con ello poner todavía más en evidencia a un partido que necesita tiempo suficiente para calmar las aguas, elegir un nuevo referente nacional (a ser posible, mediante consulta a su afiliados), regenerar las estructuras internas de la organización, apostar por un programa político renovado, y de nuevo ser una alternativa creíble al PP. De no ser así, los tres últimos años de historia de este partido no habrán servido para nada, y lo que es peor, habrán puesto al PSOE en riesgo de convertirse en un partido irrelevante, tal y como ha ocurrido en los últimos años con alguno de los históricos referentes de la socialdemocracia en Europa.

Del 72, historiador vocacional, trabajo en una ONG en la que me ocupo de las alianzas con el sector privado y de la incidencia política. Adicto a la información, me interesa casi cualquier cosa que pasa a mi alrededor. Futbolero en retirada, seriéfilo, y tan cándido como para pensar que todavía se pueden cambiar las cosas. Me gusta pensar y escribir sobre políticas públicas y partidos.

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