De qué hablamos las mujeres cuando hablamos de Feminizar la Política

Ilustración Dani García-Nieto. @elojoquemuerde

La última polémica desatada por el líder de la formación morada –no sé si voluntaria o involuntariamente- lo ha sido a vueltas de su propuesta de Feminizar la Política. Al menos ha servido para poner el foco sobre el tema. Y también, para mostrar hasta qué punto existen interpretaciones distintas del concepto “Feminización”.

A muchas personas las palabras de Pablo Iglesias nos parecieron retrógradas y dañinas porque asimilan “mujer” con “cuidado” y “madre”. Ese modelo de feminización asimila la condición de mujer al rol de cuidadora y a la maternidad. La lucha por la liberación de las mujeres va, entre otras cosas, de romper esa asociación inexorable heredada de siglos de cultura patriarcal. Las mujeres somos cuidadoras o no. Somos madres o no. E incluso si somos madres, somos mucho más que madres. O, al menos, luchamos por serlo. Esa visión idílica de la mujer como mater dulcisima, amantisima et felicissima tiene mucha más relación con el modelo católico tradicional de feminidad que con una ideología feminista de izquierdas.

Como socialista, comparto plenamente la necesidad de que la política esté volcada en el cuidado, en la protección del débil, en la eliminación de la desigualdad. Pero esto no es feminizar nada: esto es, simplemente, una ideología de izquierdas. Una política socialdemócrata: Igualdad, Justicia, Libertad, Solidaridad. El Estado de Bienestar.

La política del cuidado es la que fundamenta nuestro Sistema Público de Salud, frente al modelo liberal de EEUU. La política del cuidado es la que permite mantener abiertas las escuelas rurales con apenas unos niños; la que considera que la Ley de Dependencia es una inversión social y no un gasto. La política del cuidado es la opuesta a la política neoliberal de la competitividad feroz y el individualismo. En España hemos vivido la política del cuidado desde 1982. De hecho, las críticas a los gobiernos socialistas vienen precisamente por haberse apartado de esa política del cuidado, o por no haberla llevado a cabo con éxito.

Si la política del cuidado no es una feminización sino simple ideología progresista, ¿de qué hablamos las mujeres cuando hablamos de Feminizar la Política?: hablamos de colocar en el centro del debate y de la acción política toda una serie de carencias y desigualdades que nos afectan a las mujeres. Para lo cual es absolutamente imprescindible que tanto en los debates como en las tomas de decisión las mujeres participemos activamente y con una representación suficiente.

La Feminización exige, por una parte, que las mujeres nos incorporemos efectivamente a los órganos decisorios: parlamentos, gobiernos, consejos de administración, ayuntamientos, etc. Esto es imprescindible. Pero no es suficiente. La Feminización exige que en las agendas legislativas, en los desarrollos reglamentarios y, sobre todo, en los presupuestos públicos y la acción administrativa, se introduzca una serie de asuntos de lo más variado (un catálogo muy completo se encuentra en la Declaración de Beijing, y su revisión 20 años después).

La punta de lanza se encuentra en las políticas para la erradicación de la violencia sobre la mujer.  A pesar del inmenso camino que aún nos queda por recorrer, en su tratamiento político España es un referente a nivel mundial gracias a la Ley Integral contra la Violencia de Género de 2004  (en muchos países europeos ni siquiera se contabilizan de forma separada las víctimas por violencia de género. Hasta ese punto las mujeres somos invisibles).

Pero hablando de políticas y mujer el abanico es casi inabarcable. En el campo de la educación, la labor es inmensa. Desde la necesidad de desterrar la cosificación del cuerpo femenino y los estereotipos machistas en los medios de comunicación, la publicidad o incluso las canciones que escuchan nuestros adolescentes, hasta promover que las mujeres accedan a estudios tradicionalmente masculinos como las ingenierías y las carreras técnicas.

Las mujeres, estadísticamente, nos formamos y accedemos a profesiones peor pagadas. También y especialmente en las “profesiones del cuidado”: limpieza, cuidado de niños, cuidado de ancianos, etc. Pero incluso en igualdad de trabajo, cobramos menos que los hombres. Es la llamada brecha salarial entre hombres y mujeres, que existe en todos los niveles retributivos y en todas las franjas de edad.

Esto, cuando no somos directamente excluidas del sistema retributivo o incluso de la propiedad de la tierra o de las explotaciones agrarias. Es el caso de cientos de miles de mujeres del mundo rural, invisibles a los ojos del Estado. La Ley de Cotitularidad de las Propiedades Agrarias de 2011 venía a solucionar este drama directamente vinculado con la despoblación y el envejecimiento del mundo rural. Pero esta ley no se desarrolló adecuadamente, y apenas ha tenido repercusión real.

Las mujeres somos invisibles incluso en asuntos médicos y farmacológicos. Por ejemplo, nuestros síntomas a un ataque cardiaco, distintos de los que sufren los hombres, apenas son conocidos.

Las mujeres necesitamos que se revigorice la Ley de Dependencia de 2006 para que el trabajo de cuidado de las personas dependientes sea retribuido y dignificado, y para que muchas de nosotras podamos acceso a una pensión de jubilación contributiva. Necesitamos de las leyes y medidas que favorezcan la conciliación de la vida familiar y la vida activa porque sufrimos más que nuestros compañeros las consecuencias de priorizar el cuidado de nuestros hijos sobre nuestra profesión.

Las mujeres necesitamos muchas cosas. Por encima de todo, necesitamos que en el debate político y social deje de frivolizarse sobre la feminización. Que no se banalicen nuestras demandas, nuestras carencias y nuestro espacio con gestos sensacionalistas o declaraciones vacuas. Y sobre todo, las mujeres necesitamos que nuestros compañeros, especialmente los hombres de izquierdas, sean conscientes del larguísimo camino que nos queda por recorrer y nos ayuden a transitarlo a la mayor velocidad posible. Para lo cual no estaría nada mal que nuestros amados líderes conocieran, de una vez y en profundidad, de qué hablamos las mujeres cuando hablamos de Feminizar la Política.

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