Políticos egoístas y ciudadanos desencantados

Los humanos somos una especie egoísta que adolece de una innata incapacidad para reconocer los errores propios. La verdad es que somos muy buenos a la hora de detectar los fallos ajenos y pasar por alto o directamente redirigir la culpa de los cometidos por nosotros mismos. Esto tiene una traslación muy clara en los partidos políticos: ya saben aquello de que “los políticos de un país son el fiel reflejo de cómo es la sociedad en la que se desenvuelven”.

Si esto es así, no podemos decir demasiadas cosas buenas de la sociedad española, ya que nos hemos dotado de unos partidos y de unos políticos a los que le cuesta horrores reconocer un desliz o incluso admitir una crítica. Lo hemos visto en actitudes individuales, como la del exministro Trillo, incapaz de reconocer la cadena de fallos que se produjeron tras la catástrofe del Yak-42; pero también lo vemos casi día a día cuando escuchamos las comparecencias de los portavoces de los principales partidos o de los gobiernos de turno.

Que los partidos llevan años haciendo las cosas mal resulta bastante evidente para todos. En el último barómetro del CIS, el 67% de los españoles afirmaba que la situación política de España era mala o muy mala; y un 24% elegía a los políticos y sus partidos como uno de los tres principales problemas del país. Paradójicamente, no parece que ninguno de los líderes y responsables de los partidos mayoritarios haya creído realmente que es necesario transformar su funcionamiento a fin de revertir esta situación.

Hubo un tiempo en el que los grandes partidos parecían estar por encima de todo: en España, entre 2000 y 2011, PP y PSOE sumaban entre el 75 y el 85% del total del voto en las elecciones generales. Sin embargo, algo se estaba gestando durante estos años entre los ciudadanos para que ese mismo porcentaje descendiera hasta el 50 y el 56% en las elecciones de diciembre de 2015 y junio de 2016 respectivamente.

Muchos politólogos y sociólogos han intentado buscar una explicación para este fenómeno que, en realidad, no es exclusivo de nuestro país. El surgimiento de Ciudadanos y sobre todo Podemos, en España, es paralelo al derrumbe de los socialistas franceses, de los laboristas en el Reino Unido (pese a que Corbyn haya logrado un porcentaje de afiliación histórico), los problemas actuales de Merkel, y el auge de la extrema derecha en varios países del norte y este de Europa. Buena muestra de que algo está cambiando en la coyuntura política del viejo continente.

Una primera explicación, esa que dice que los “perdedores de la globalización” estarían detrás de los cambios que se están produciendo en la escena política, resulta insuficiente. Algunos estudios parecen demostrar que los ciudadanos en riesgo de exclusión son los primeros en quedar fuera de la participación política. Un segundo razonamiento está relacionado con el egoísmo dentro del colectivo de beneficiarios del Estado de Bienestar, de tal modo que algunos  de estos sectores ven amenazada su situación ante minorías étnicas y/o religiosas. De esta manera, la xenofobia y el racismo crecientes, alentados por los partidos de la ultraderecha, serían un catalizador para obtener el apoyo de una mayoría creciente de votantes que con anterioridad se decantaban por partidos de la izquierda. Dentro de este mismo ámbito ideológico hay quienes creen que los partidos de la izquierda han perdido la conexión con sus bases de votantes, y que estos partidos se han centrado demasiado en cuestiones socioculturales, dejando de lado las económicas, que podrían incidir de una manera más directa en la mejora de las condiciones de su electorado tradicional.

Influyan o no estas explicaciones, la pérdida de confianza en los partidos tradicionales es un hecho y parece relacionarse con varias razones de peso. Un mayor nivel de formación de la sociedad contemporánea parece haber aumentado la desconfianza en las organizaciones políticas y la dificultad para encuadrarse de forma estable en torno a unas siglas. Frente a esta realidad, los grandes partidos necesitan transformar radicalmente ese infantilismo que impide reconocer los errores de las últimas décadas y, a riesgo de caer en la irrelevancia, insistir en un proceso de democratización interna y en una actualización de sus contenidos programáticos que les acerque de nuevo a unos votantes que, hoy por hoy, parecen irremisiblemente alejados de las organizaciones que les dicen representar.

Del 72, historiador vocacional, trabajo en una ONG en la que me ocupo de las alianzas con el sector privado y de la incidencia política. Adicto a la información, me interesa casi cualquier cosa que pasa a mi alrededor. Futbolero en retirada, seriéfilo, y tan cándido como para pensar que todavía se pueden cambiar las cosas. Me gusta pensar y escribir sobre políticas públicas y partidos.

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