Por qué la izquierda tiene que ser de izquierdas*

Vivimos en una sociedad cada vez más desigual. Las estadísticas muestran que en los últimos 35 años las sociedades desarrolladas han cambiado la tendencia de crecimiento más o menos igualitario mantenido durante las tres «décadas gloriosas» del capitalismo, por otra en la que los más ricos han crecido muy por encima de la mayor parte de la población, en un fenómeno de acumulación de capital prácticamente desconocido desde la revolución industrial. Las cifras de productividad y salario medio son un buen dato para entenderlo: si tomamos el año 1945 como punto de partida, la productividad alcanzó un 400% en 2010, mientras que los salarios medios de un trabajador alcanzaron tan solo un 210% respecto a mediados de los 40.

Como bien explica Wolfang Streeck en Comprando tiempo, la desregulación financiera y laboral iniciada a finales de los setenta y que todavía sufrimos, junto con la reducción de la fiscalidad de los estados, ha conducido a un mayor endeudamiento de las economías nacionales y al consiguiente crecimiento de las desigualdades como consecuencia de la pérdida de empleos y del empeoramiento de las condiciones laborales de muchos trabajadores.

El riesgo de la irrelevancia

wp-image-1421951184jpg.jpgEn teoría política, un partido dominante es aquel capaz de ejercer una mayor influencia respecto al resto de partidos existentes en un sistema multipartidista. Los partidos dominantes pueden gobernar durante bastante tiempo en solitario o mediante acuerdos de legislatura, pero en todo caso es muy difícil desplazarlos del poder, y normalmente se tiene que dar un conjunto de circunstancias para que otra fuerza política pueda ocupar su lugar.

La España de los 80 fue, de alguna manera, un sistema con un partido dominante, el PSOE, que disfrutó casi siempre de mayorías cómodas con las que desarrollar su programa de gobierno en el periodo de 1982 a 1996. En ese tiempo el país experimentó una gran transformación en casi todos los ámbitos posibles: sanidad, educación, infraestructuras, sistema de pensiones, reconversión industrial, y hasta la reforma del ejército, fueron tareas abordadas por el gobierno socialista de aquellos años, en los que parecía casi imposible que Alianza Popular, refundada posteriormente como Partido Popular, pudiesen alcanzar alguna vez el gobierno.

Un PSOE desconectado y roto, por ese orden

lavadoraEl PSOE está roto porque lleva demasiado tiempo desconectado.

La socialdemocracia nació porque fue capaz de articular la respuesta más social y democrática ante la formidable crisis europea de los años 30 y 40 (guerra mundial incluida). Y está gravemente herida porque, en estos principios del siglo XXI, ha fallado allí precisamente donde hace 100 años funcionó mejor que ninguna otra corriente política. EL PSOE no acertó a formular una respuesta ante la crisis, y la crisis nos desconectó del electorado joven, urbano y mejor formado, justamente al que más expectativas de futuro se le esfumaron. Que parecida desconexión le haya sucedido a buena parte de la democracia europea no es excusa. Ni consuelo.