Por qué la izquierda tiene que ser de izquierdas*

Vivimos en una sociedad cada vez más desigual. Las estadísticas muestran que en los últimos 35 años las sociedades desarrolladas han cambiado la tendencia de crecimiento más o menos igualitario mantenido durante las tres «décadas gloriosas» del capitalismo, por otra en la que los más ricos han crecido muy por encima de la mayor parte de la población, en un fenómeno de acumulación de capital prácticamente desconocido desde la revolución industrial. Las cifras de productividad y salario medio son un buen dato para entenderlo: si tomamos el año 1945 como punto de partida, la productividad alcanzó un 400% en 2010, mientras que los salarios medios de un trabajador alcanzaron tan solo un 210% respecto a mediados de los 40.

Como bien explica Wolfang Streeck en Comprando tiempo, la desregulación financiera y laboral iniciada a finales de los setenta y que todavía sufrimos, junto con la reducción de la fiscalidad de los estados, ha conducido a un mayor endeudamiento de las economías nacionales y al consiguiente crecimiento de las desigualdades como consecuencia de la pérdida de empleos y del empeoramiento de las condiciones laborales de muchos trabajadores.

De lo rural y lo urbano: educación en Aragón y actores de cambio

En nuestro anterior artículo, abogábamos por ahondar en la compartición de experiencias entre el mundo rural y el urbano como el primer paso de un camino para que Aragón, cuya población se halla distribuida aproximadamente en un 50% entre ciudad y territorio, en lugar de desconectarse de sí misma, saque provecho a todo su potencial. Y si hay un ámbito en el que cualquier socialdemócrata aragonés debe fijar su atención, ése es el potencial de cambio de la educación en Aragón.

En el año 2009 la escuela de Alpartir (Zaragoza) –una pequeña escuela unitaria de treinta y cinco alumnos– empezó a desarrollar un proyecto centrado en la gestión de las emociones, la resolución de conflictos por los propios niños, la adquisición de habilidades de aprendizaje autónomo, y el desarrollo de las capacidades por encima de la mera asimilación de contenidos. Las paredes escolares se hicieron permeables, con los abuelos participando en la educación reglada de los nietos y los niños participando en la planificación municipal (al fin y al cabo, la educación es un derecho que no conoce de edades ni de planes de estudios). La escuela pasó a convertirse en el pulmón y el corazón del pueblo, la educación en el eje del proyecto comunitario. Siete años después, tanto la vida cultural y cívica de Alpartir como la propia gestión municipal se construye de la mano y en torno a la escuela, y el pueblo no sólo mantiene su población sino que, además, tiene una pirámide demográfica mucho más joven que la media de localidades de su tamaño. No es la típica localidad-dormitorio ni un pueblo de fin de semana o vacaciones, sino que, con sus 564 vecinos, Alpartir es un agente innovador. Y su escuela, incluida en la red Ashoka de emprendimiento social, es un change-maker: un actor de cambio.

Contra Trump y el Brexit. Por la alianza entre ciudad y territorio

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Foto David Noir / Reuters

Por Marta Gracia y Daniel Sarasa

Primero fue el Brexit, después Trump. El populismo ultraconservador cabalga desbocado a ambos lados del Atlántico. Ambos, Trump y el Brexit, representan el miedo ante la globalización y ante el avance imparable de la tecnología. Y ante algunas de las derivadas de ambas que más directamente afectan a las clases medias, como inmigración, pérdida real de poder adquisitivo, cambios en la cultura laboral (antes lineal y previsible, ahora incierta y sujeta a múltiples bandazos), desempleo y, en general, pérdida de expectativas.

El riesgo de la irrelevancia

wp-image-1421951184jpg.jpgEn teoría política, un partido dominante es aquel capaz de ejercer una mayor influencia respecto al resto de partidos existentes en un sistema multipartidista. Los partidos dominantes pueden gobernar durante bastante tiempo en solitario o mediante acuerdos de legislatura, pero en todo caso es muy difícil desplazarlos del poder, y normalmente se tiene que dar un conjunto de circunstancias para que otra fuerza política pueda ocupar su lugar.

La España de los 80 fue, de alguna manera, un sistema con un partido dominante, el PSOE, que disfrutó casi siempre de mayorías cómodas con las que desarrollar su programa de gobierno en el periodo de 1982 a 1996. En ese tiempo el país experimentó una gran transformación en casi todos los ámbitos posibles: sanidad, educación, infraestructuras, sistema de pensiones, reconversión industrial, y hasta la reforma del ejército, fueron tareas abordadas por el gobierno socialista de aquellos años, en los que parecía casi imposible que Alianza Popular, refundada posteriormente como Partido Popular, pudiesen alcanzar alguna vez el gobierno.

Un PSOE desconectado y roto, por ese orden

lavadoraEl PSOE está roto porque lleva demasiado tiempo desconectado.

La socialdemocracia nació porque fue capaz de articular la respuesta más social y democrática ante la formidable crisis europea de los años 30 y 40 (guerra mundial incluida). Y está gravemente herida porque, en estos principios del siglo XXI, ha fallado allí precisamente donde hace 100 años funcionó mejor que ninguna otra corriente política. EL PSOE no acertó a formular una respuesta ante la crisis, y la crisis nos desconectó del electorado joven, urbano y mejor formado, justamente al que más expectativas de futuro se le esfumaron. Que parecida desconexión le haya sucedido a buena parte de la democracia europea no es excusa. Ni consuelo.

Sobre la crisis del PSOE

Un destacado dirigente local del PSOE, con varios años en cargos orgánicos e institucionales, suele contar una anécdota para ilustrar la forma en que se gestionan, con “mano de hierro”, las agrupaciones del partido en su ciudad. Recuerda una asamblea de su agrupación en la que, una vez hechas las cuentas de los asistentes, fue consciente de que iban a perder el control de la misma. Antes de que se llevara a cabo la votación habló con el responsable de la instalación municipal donde se celebraba la asamblea (también del partido), y le convenció para provocar un apagón que impidiera continuar con la reunión. Una semana después, reanudada la asamblea, fue capaz de llevar a un número superior de afiliados y ganó la votación. Han pasado 25 años de aquello, él aún sigue al frente de la agrupación, y además ocupa un puesto en el consistorio municipal.

Recuerdo esta anécdota casi siempre que pienso en los problemas organizativos de los partidos políticos españoles en general, y del PSOE en particular, y lógicamente me vino a la cabeza el pasado 1 de octubre, durante la celebración del Comité Federal que terminó con la dimisión de Pedro Sánchez como secretario general de los socialistas.

Los Otros

nicole-kidman-los-otros-escenaEs una frase de esas, muy manida, que uno tiene que reconocer que comparte (o compartía): “el PSOE es el partido que más se parece a España”. No solo eso. El PSOE es también la organización política que tradicionalmente mejor ha entendido a la sociedad española. Gran parte de ese mérito se debe a Felipe González, seguramente uno de los personajes más importantes del siglo XX para nuestro país; el político que supo transformar una organización que apenas contaba con respaldo al final de franquismo, para convertirlo en una auténtica máquina de ganar elecciones en apenas media docena de años. Pero también el que asumió como propia la tarea de modernizar el país en un tiempo récord favoreciendo la entrada de España en la OTAN y en la Unión Europea; impulsando una (socialmente) costosa pero necesaria reconversión industrial; creando los pilares sanitario y educativo de un estado de bienestar en mantillas; estableciendo un sistema de pensiones con el consenso de todos los partidos; y desarrollando una red de infraestructuras propia de una economía que aspiraba a figurar entre las veinte primeras del mundo.

En apoyo de la regeneración democrática

elpaisconlaconstitucionEl PSOE, con la convocatoria del congreso exprés por parte de Pedro Sánchez y la consiguiente dimisión de casi la mitad de su ejecutiva, vive su momento más trascendental desde el órdago que Felipe González lanzó al partido en 1979 para que éste abandonara el marxismo. Como entonces, la crisis de ahora es triple: generacional, ideológica y de conexión con la sociedad.

Los jóvenes dirigentes que se auparon a la dirección del PSOE a finales de los años 70 consiguieron, con su golpe de timón, virar hacia la socialdemocracia moderna y re-conectar con una sociedad civil en ebullición tras décadas de abotargamiento bajo la bota de la dictadura. Al igual que entonces, el PSOE de ahora sufre una “desconexión social” galopante, especialmente entre la gente joven y urbana. Una brecha que se ha ido agrandando al mismo ritmo que sus dirigentes envejecían y que el modelo de partido de 1979 se deshilachaba ante el empuje de una sociedad a la que la crisis ha puesto de nuevo en pie.

El clan del cassoulet

En los años heroicos de la Transición, fruto del ahora denostado Régimen del 78, hubo un grupo de socialistas a quienes llamaban el clan del cassoulet, pues eran hijos del exilio y se criaron en Toulouse. El cassoulet es un plato del sur de Francia guisado a base de judías blancas, salchicha de Toulouse y confit de pato, todo ello gratinado.

No queremos ser pretenciosos; ellos se lo ganaron más que nosotros. Pero el equipo glocal se reúne off line de vez en cuando para hablar de política al calor de un plato de cassoulet, un vino de Burdeos y un calvados. Ayer salieron temas como Podemos, el próximo gobierno, la política en EEUU y alguna serie de televisión.

Esta es mi visión del menú:

CASSOULET

La política en tiempos de indignación

innerarity“La política en tiempos de indignación” es el último libro del filósofo Daniel Innerarity.

Vivimos semanas apasionantes en el terreno político, pues la actualidad se despliega con apabullante velocidad, a la vez que el relato de lo que sucede para la formación de gobierno sólo puede componerse del todo yuxtaponiendo múltiples planos y formatos, como en los mejores productos audiovisuales transmedia. De hecho, podemos cerrar los ojos por un momento e imaginarnos que los líderes de los partidos son, en realidad, personajes de un thriller por entregas, en el que el retorcido equipo de guionistas nos depara en cada episodio un nuevo giro de la trama. Fuego amigo, líneas rojas, vetos cruzados, sillones, ruedas de prensa simultáneas, escándalos de corrupción, filtraciones… el protagonista guaperas con la cuasi-imposible tarea de formar un gobierno en franca minoría, el presidente saliente, viejo lobo, aún al mando de muchos de los resortes del poder y dispuesto a morir arrasándolo todo. Los jóvenes y sobradamente preparados aspirantes (mención especial aquí al equipo de vestuario), a izquierda y derecha lanzando dardos envenenados y generando, en cada tertulia, el efectista titular definitivo.