Políticos egoístas y ciudadanos desencantados

Los humanos somos una especie egoísta que adolece de una innata incapacidad para reconocer los errores propios. La verdad es que somos muy buenos a la hora de detectar los fallos ajenos y pasar por alto o directamente redirigir la culpa de los cometidos por nosotros mismos. Esto tiene una traslación muy clara en los partidos políticos: ya saben aquello de que “los políticos de un país son el fiel reflejo de cómo es la sociedad en la que se desenvuelven”.

Si esto es así, no podemos decir demasiadas cosas buenas de la sociedad española, ya que nos hemos dotado de unos partidos y de unos políticos a los que le cuesta horrores reconocer un desliz o incluso admitir una crítica. Lo hemos visto en actitudes individuales, como la del exministro Trillo, incapaz de reconocer la cadena de fallos que se produjeron tras la catástrofe del Yak-42; pero también lo vemos casi día a día cuando escuchamos las comparecencias de los portavoces de los principales partidos o de los gobiernos de turno.

Que los partidos llevan años haciendo las cosas mal resulta bastante evidente para todos. En el último barómetro del CIS, el 67% de los españoles afirmaba que la situación política de España era mala o muy mala; y un 24% elegía a los políticos y sus partidos como uno de los tres principales problemas del país. Paradójicamente, no parece que ninguno de los líderes y responsables de los partidos mayoritarios haya creído realmente que es necesario transformar su funcionamiento a fin de revertir esta situación.

El riesgo de la irrelevancia

wp-image-1421951184jpg.jpgEn teoría política, un partido dominante es aquel capaz de ejercer una mayor influencia respecto al resto de partidos existentes en un sistema multipartidista. Los partidos dominantes pueden gobernar durante bastante tiempo en solitario o mediante acuerdos de legislatura, pero en todo caso es muy difícil desplazarlos del poder, y normalmente se tiene que dar un conjunto de circunstancias para que otra fuerza política pueda ocupar su lugar.

La España de los 80 fue, de alguna manera, un sistema con un partido dominante, el PSOE, que disfrutó casi siempre de mayorías cómodas con las que desarrollar su programa de gobierno en el periodo de 1982 a 1996. En ese tiempo el país experimentó una gran transformación en casi todos los ámbitos posibles: sanidad, educación, infraestructuras, sistema de pensiones, reconversión industrial, y hasta la reforma del ejército, fueron tareas abordadas por el gobierno socialista de aquellos años, en los que parecía casi imposible que Alianza Popular, refundada posteriormente como Partido Popular, pudiesen alcanzar alguna vez el gobierno.

Sobre argumentos espurios y sistemas electorales

800px-jean-jacques_rousseau_painted_portraitRepetir muchas veces un argumento puede que sirva para cambiar el estado de opinión de la ciudadanía, pero no suele servir para cambiar las leyes de un país. Podemos repetir de forma incesante que “debe gobernar el partido que más escaños ha obtenido”; o que “los ciudadanos nos han enviado a la oposición”; pero por mucho que lo repita el interesado, ya sea ministro, presidente de comunidad o simple ciudadano, no dejará de ser una opinión sin fundamento.

Me explico: nuestro país, al igual que muchas otras democracias modernas, dispone de un sistema electoral según el cual no es presidente, o alcalde, el candidato que obtiene más votos/escaños/concejalías en unas elecciones, sino el que consigue formar una mayoría que lo sustente al frente de esa institución. Esto significa que, como decimos, ser el más votado no implica automáticamente gobernar.

Palabras y gestos

imageHay  algo que Podemos hace mucho mejor que ningún otro partido en España, y es manejar las palabras y el contenido de sus mensajes, que se cuelan sistemáticamente en todos los medios de comunicación, que muerden el anzuelo y proporcionan a esta formación un escaparate público como el que no se recuerda en este país.

Lo llevamos viendo desde hace dos años, desde aquel día en que Pablo Iglesias decidió dar el salto de los sillones de las tertulias de La Sexta a los asientos del Parlamento de Bruselas a base de conceptos como el de “casta”, “clase política”, “emergencia social” o, con gestos como los de la semana pasada durante la toma de posesión de las actas de diputados. El caso es que llevamos mucho tiempo hablando de todo lo que la gente de Podemos quiere que hablemos, y como es de todos conocido, no hay nada como manejar el lenguaje y el discurso para llevar la iniciativa en todo lo demás: si alguien te dice que no pienses en un elefante es muy difícil que en tu mente no aparezca un tremendo bicho gris con colmillos y trompa, eso ya nos lo enseñaron hace tiempo, pero parece que solo los más listos estuvieron aquel día en clase porque de momento son los únicos que parecen comprender cómo se hacen hoy en día las cosas.

20-D: ESCAÑOS FRENTE A ENCUESTAS

Hace sólo 6 meses, el 24-M, en España se produjo un cambio notable frente a los equilibrios de gobierno de los últimos años. Buena parte de las autonomías en liza optó por un cambio rupturista hacia políticas claramente más socialdemócratas. Comunidades que habían sido barridas por la ‘Ola Azul’ popular de 2011, como Aragón (el ‘Ohio español’), Baleares, Castilla La Mancha, Cantabria, Extremadura (donde IU pagó cara su apoyo a la investidura y leyes del PP de Monago), o bastiones conservadores desde 1995, como la C.Valenciana, se decantaron por un giro claro hacia ejecutivos progresistas, al igual que comunidades en las que los socialistas fueron el partido más votado, como en Asturias o Canarias. Otros bastiones populares, como Castilla y León, La Rioja, Murcia o la C. de Madrid (esta, por sólo un escaño, a pesar del ‘efecto Gabilondo’), escogieron la continuidad de las políticas liberales, marcada por la alianza Ciudadanos-PP.

El PSOE es como la Tardis: bigger on the inside

tardisYo soy una alcaldesa socialista. Así que a nadie extrañará que, a cinco días del 20D, les diga que yo voto al PSOE. En todo caso, en esta campaña tan desquiciada y sorpresiva como el humor de un adolescente, me gustaría trasladarles mi opinión.

Desde el surgimiento de los partidos emergentes –primero Podemos, luego Ciudadanos- la construcción del relato político español ha girado en torno a la valoración del pasado. Los partidos nuevos, como nuevos que son, se hicieron fuertes identificando “lo existente” con “lo viejo” y “lo viejo” con “lo negativo”. Así nos envolvimos de términos como casta, vieja política¸y un conocido etcétera de conceptos y adjetivos peyorativos que contrastaban eficazmente con el otro lado del espejo: “lo inexistente” se identificaba con “lo nuevo” y, a su vez, “lo nuevo” con “lo positivo”.

Una agenda para gobernarnos a todos

Hace unos días el filósofo Daniel Innerarity explicaba en una conferencia que él es de los que se apuntaría sin duda al primer partido que plantee el “largoplacismo” en su programa electoral. Contaba cómo sólo hay algo peor que la mala política, y es justo la ausencia de la misma, la forma en que el consumo rápido de la actualidad, la presión de los medios de comunicación, y el sentimiento fatalista que se ha impuesto en nuestra sociedad, han provocado esa incapacidad para pensar en propuestas que vayan más allá de la legislatura de turno.

Unos días antes, el 25 de septiembre, la Asamblea General de Naciones Unidas aprobaba los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), que durante los próximos 15 años marcarán las prioridades de todos los gobiernos a fin de obtener el progreso social, económico y medioambiental global.