El riesgo de la irrelevancia

wp-image-1421951184jpg.jpgEn teoría política, un partido dominante es aquel capaz de ejercer una mayor influencia respecto al resto de partidos existentes en un sistema multipartidista. Los partidos dominantes pueden gobernar durante bastante tiempo en solitario o mediante acuerdos de legislatura, pero en todo caso es muy difícil desplazarlos del poder, y normalmente se tiene que dar un conjunto de circunstancias para que otra fuerza política pueda ocupar su lugar.

La España de los 80 fue, de alguna manera, un sistema con un partido dominante, el PSOE, que disfrutó casi siempre de mayorías cómodas con las que desarrollar su programa de gobierno en el periodo de 1982 a 1996. En ese tiempo el país experimentó una gran transformación en casi todos los ámbitos posibles: sanidad, educación, infraestructuras, sistema de pensiones, reconversión industrial, y hasta la reforma del ejército, fueron tareas abordadas por el gobierno socialista de aquellos años, en los que parecía casi imposible que Alianza Popular, refundada posteriormente como Partido Popular, pudiesen alcanzar alguna vez el gobierno.

Los Otros

nicole-kidman-los-otros-escenaEs una frase de esas, muy manida, que uno tiene que reconocer que comparte (o compartía): “el PSOE es el partido que más se parece a España”. No solo eso. El PSOE es también la organización política que tradicionalmente mejor ha entendido a la sociedad española. Gran parte de ese mérito se debe a Felipe González, seguramente uno de los personajes más importantes del siglo XX para nuestro país; el político que supo transformar una organización que apenas contaba con respaldo al final de franquismo, para convertirlo en una auténtica máquina de ganar elecciones en apenas media docena de años. Pero también el que asumió como propia la tarea de modernizar el país en un tiempo récord favoreciendo la entrada de España en la OTAN y en la Unión Europea; impulsando una (socialmente) costosa pero necesaria reconversión industrial; creando los pilares sanitario y educativo de un estado de bienestar en mantillas; estableciendo un sistema de pensiones con el consenso de todos los partidos; y desarrollando una red de infraestructuras propia de una economía que aspiraba a figurar entre las veinte primeras del mundo.

Palabras y gestos

imageHay  algo que Podemos hace mucho mejor que ningún otro partido en España, y es manejar las palabras y el contenido de sus mensajes, que se cuelan sistemáticamente en todos los medios de comunicación, que muerden el anzuelo y proporcionan a esta formación un escaparate público como el que no se recuerda en este país.

Lo llevamos viendo desde hace dos años, desde aquel día en que Pablo Iglesias decidió dar el salto de los sillones de las tertulias de La Sexta a los asientos del Parlamento de Bruselas a base de conceptos como el de “casta”, “clase política”, “emergencia social” o, con gestos como los de la semana pasada durante la toma de posesión de las actas de diputados. El caso es que llevamos mucho tiempo hablando de todo lo que la gente de Podemos quiere que hablemos, y como es de todos conocido, no hay nada como manejar el lenguaje y el discurso para llevar la iniciativa en todo lo demás: si alguien te dice que no pienses en un elefante es muy difícil que en tu mente no aparezca un tremendo bicho gris con colmillos y trompa, eso ya nos lo enseñaron hace tiempo, pero parece que solo los más listos estuvieron aquel día en clase porque de momento son los únicos que parecen comprender cómo se hacen hoy en día las cosas.

El PSOE es como la Tardis: bigger on the inside

tardisYo soy una alcaldesa socialista. Así que a nadie extrañará que, a cinco días del 20D, les diga que yo voto al PSOE. En todo caso, en esta campaña tan desquiciada y sorpresiva como el humor de un adolescente, me gustaría trasladarles mi opinión.

Desde el surgimiento de los partidos emergentes –primero Podemos, luego Ciudadanos- la construcción del relato político español ha girado en torno a la valoración del pasado. Los partidos nuevos, como nuevos que son, se hicieron fuertes identificando “lo existente” con “lo viejo” y “lo viejo” con “lo negativo”. Así nos envolvimos de términos como casta, vieja política¸y un conocido etcétera de conceptos y adjetivos peyorativos que contrastaban eficazmente con el otro lado del espejo: “lo inexistente” se identificaba con “lo nuevo” y, a su vez, “lo nuevo” con “lo positivo”.